Los peces y los suicidas

pescadorEl hombre –o lo que hace un rato era un hombre- se balancea en la madrugada. Tiene el cuello atado a una cuerda, y la cuerda está atada a un árbol. Todavía no salió el sol. El cuerpo del suicida es una sombra que se mece con el viento de la playa.

Pasa a orillas del Lago Victoria. Es el sitio con más pescadores de toda África Negra. De hecho, en un cuarto de hora llegará un pescador, luego otro, y a lo mejor hasta un tercero. Harán lo posible por bajar el cuerpo de la rama. No para salvarlo, sino para desatarle la soga del cuello y empezar a pelear para ver quién se la queda.

Porque esa cuerda, la cuerda que ha usado un suicida para matarse, tiene poderes.

Los pescadores lo saben, y se la disputan a los puños.  Al final, el más fuerte saldrá corriendo con el tesoro. El cuerpo del suicida quedará en el suelo –salvo que algún piadoso llame a la policía – y la noticia se convertirá en la comidilla de la semana en cada puesto del mercado.

II.

Leyendas. Dice la tradición que quien entreteja su red de pesca con la cuerda de un suicida, tendrá vida de abundancia.  Además, el embrujo puede heredarse. Uno es afortunado si su familia tiene en la barca una de estas redes mágicas. Con ella pescará lo que quiera, como quiera, cuando quiera.

pescadores afro

El periódico kenyata Daily Nation publicó hace días un artículo en el que autoridades ugandesas describían el poder de este amuleto. Raphael Akuku, anciano de su tribu y funcionario de la Playa de Ogenya, aseguraba allí que ha “utilizado siempre su red con soga de suicida” y que le funciona de maravilla:

“¡Gracias a esta cuerda he podido hacer dinero diariamente, mandar a mis chicos a la escuela y llevar una vida confortable!”, dijo.

¿Realidad o ficción? Quién sabe. This is Africa.

AfricaIII.

Semanas después encontramos otro caso sombrío, también en Uganda. Un estudiante aparece muerto, aparentemente por haber tomado un veneno para ácaros que se llama Almatrix.

El “caso Almatrix” no tiene pistas. No hay sospechosos. El cuerpo de Henry Kamusiime se descubrió gracias a un chico que estaba arreando vacas y lo encontró tirado en unas plantaciones. Nadie sabe qué le pasó por la cabeza a este estudiante de educación de segundo año. Tampoco se sabe si fue un homicidio. Sin embargo, el decano de la facultad donde estudiaba el muchacho, John Mwesigwa, suelta un dato interesante:

-No sabemos si se mató. Los estudiantes siempre tienen problemas de novias y de novios…sin olvidarnos del vicio rampante de las apuestas. A veces, hasta se juegan el dinero que tenían destinado para pagar los estudios.-

apuestas africanas

La observación cobra sentido si uno recorre las calles de cualquier ciudad afro. Hay negocios de apuestas en cada esquina, y la gente se aglomera para jugarse lo poco que tiene en los resultados del fútbol. Apuestan por los partidos del Mundial, por el Barça, por el Madrid, por el Manchester, por todo el catálogo de jugadores millonarios que admiran y que a lo mejor den un golpecito de suerte a sus vidas.

Pero a veces se equivocan y pierden hasta la camiseta. Entonces muchos salen en busca de un veneno; o se ahorcan y dan –de paso- una ayudita al gremio de los pescadores.

  • Texto: Vanessa Escuer y Facundo García.

peces mágicos

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En tierra de tribus

Nuestra amiga Lilian en medio de la savanna

Negra y brillante. Con líneas amarillas en los costados. Se adentra impetuosa por desiertos y bosques, a toda velocidad. La Serpiente Negra, así la llaman los locales. Pero no es un animal.

Es la línea de asfalto que conduce a nuestros nuevos destinos africanos.

Dormimos en Moyale, la temida ciudad fronteriza entre Etiopía y Kenia. Hace unos meses, hubo aquí una guerra de tribus que dejó decenas de muertos. Ahora vemos furgonetas llenas de soldados que patrullan las calles para evitar los enfrentamientos.

El bus hacia Marsabit, nuestra primera parada en Kenia, sale al otro día. Y sale a las seis de la mañana, antes de que brille el sol.

Riiing. Despertador, un poco de agua fría y mochilas al hombro. Nos dirigimos a pie hasta la frontera, entre la más absoluta oscuridad. El silencio es tal que podemos escuchar nuestra propia respiración, medio agitada, como si estuviéramos encerrados en un auditorio.

Una barrera de hierro indica el cambio de país. En el lado etíope, dos o tres soldados dormitan bajo un tejado. Se espabilan al escuchar nuestros pasos. Los saludamos e intercambiamos dos o tres palabras.

“¡Buena suerte!”, sueltan al final.

Después vienen varios metros de pavimento destrozado, sin ningún tipo de iluminación. Solamente se oyen los grillos y nuestros pies que pisan piedras. Es la llamada “tierra de nadie”, y efectivamente ahí no hay nada, salvo una enigmática casa con luces rojas tipo cabaret.

Otra barrera metálica. La puerta a Kenia. En este lado no hay vigilancia, todos están durmiendo. Ni un solo soldado controla los transeúntes que cruzan desde Etiopía y viceversa. Pero queríamos anunciar nuestra presencia y evitar malentendidos. Tuvimos que alumbrar los matorrales con una linterna para que un militar apareciera, somnoliento, y nos invitara a seguir sin ni siquiera chequear nuestro equipaje.

Unos mil metros más allá estaba el bus. Esta vez –¡después de mucho tiempo!- el transporte arrancó puntual. El conductor -un adolescente con gorra y tejanos rasgados- pisaba el acelerador de tal forma que durante seis horas nuestros pies y nuestras nalgas saltaron por el aire de manera ininterrumpida.

Moyale bus

Pinchadura del bus en la carretera, saliendo de Moyale

En ese tramo, la Serpiente Negra todavía no ha dejado rastro. La senda es de tierra y baches. Sólo disfrutamos de una pausa cuando se pinchó una rueda y hubo que parar en un paisaje de tierra roja, en medio de la nada y de todo.

II.

Miércoles por la mañana. Periódico y café. En portada: nuevo atentado en Nairobi.

La capital del crimen en África sufre desde los últimos años el añadido del terrorismo. Estar al lado de Somalia y tener una gran comunidad residente de sus expatriados ha despertado no solamente el terror sino también la paranoia.

Al Shabaab y Al Qaeda son palabras tabú. Casi nadie se atreve a pronunciarlas. Especialmente en el barrio somalí, Eastleigh.

Llegamos a ese vecindario horas antes de un ataque terrorista. Parecía un sitio tranquilo, así que tomamos un taxi hasta el hotel más barato que encontramos por Internet. Una vez allí, nos enteramos de la explosión. Un coche bomba había estallado en plena calle, matando a cuatro personas.

Los edificios están protegidos con alambres eléctricos, y los medios enhebran la crónica del miedo mutuo en una ciudad difícil de sondear.

En los hoteles temen la bajada del turismo y parecen negarlo todo. Cuando preguntamos sobre los problemas en la capital, nos responden:

-¿Problemas? ¿Pero qué es lo que pasa en Nairobi?

No solamente en Nairobi. También en Mombasa, en Garissa, en Thika y en otros muchos condados del país hay ofensivas.

III.

Los que venimos de otros continentes no estamos acostumbrados a pensar que en África también hay discriminación. Y nos equivocamos.

Aquí también hay prejuicios y estigmas.

El terrorismo vence cuando conquista lo cotidiano. Sus líderes lo saben, y apuntan a eso. Así que un mediodía nos tomamos un café con Osman, un joven estudiante de Periodismo.

Osman

Nuestro amigo Osman

Osman es keniata, pero su familia es de tribu somalí. Actualmente, en Nairobi, ser musulmán y tener “cara de somalí” puede significar miradas desafiantes en los transportes públicos, múltiples pasos por los detectores de metales que hay en todos los centros comerciales o escenas mucho peores:

-El otro día, un amigo mío fue a un restaurante. Al ver que él tenía rasgos somalíes, la camarera le pidió el documento antes de traerle un café. Mi amigo se negó, porque la chica no era policía, y entonces lo echaron- cuenta Osman, indignado.

III.

La vida tiene conexiones increíbles. Hace unos años, en Barcelona, una tarjeta fue a parar a nuestro bolsillo. Contenía el email y el teléfono de una organización que trabajaba en África.

En el camino, nos acordamos y escribimos a Borja, fundador de la ONG catalana The South Face. TSF trabaja para facilitar el acceso a la universidad de las mujeres en Kenia.

The South Face

Click en la imagen para acceder a su web

-¡Ellas son el futuro de África!- nos dijo Borja por Skype.

Y le damos toda la razón. Sobre todo después de conocer a Lilian -una beneficiaria de TSF- y de convivir con ella y su familia durante una semana.

Lilian es una joven que tiene las ideas muy claras. Pertenece a los Maasai, una tribu que habita la zona meridional de Kenia y el norte de Tanzania. A los veintidós años, Lilian se ha propuesto rescatar los tesoros culturales de su gente y cambiar sus aspectos más feroces –como la violencia de género o los matrimonios infantiles- por educación para todos y todas.

maasailand

Saire, un futuro guerrero de la palabra

Vamos a su casa. Nos dirigimos a Narok, en el sur del país. De allí tomamos un coche hasta Ositeti, la aldea de Maasailand donde vive ella. Por el camino –más de cien kilómetros de tierra- nos cruzamos con jirafas, cebras, gacelas, búfalos y otros animales salvajes que retozan en libertad por la Savanna.

Llegamos de noche, tras una sucesión interminable de socavones, riachuelos y árboles de espinas. Su casa son cuatro “paredes” de chapa, un par de camas y tres asientos. Lilian nos presenta a sus dos sobrinos, Enoch y Saire. A su primo Jackson, antiguo guerrero Morana.A su hermano Joseph, que está intentando ahorrar para hacer un máster. A su tío, el “uncle” misterioso y sordo que vive en la casita de al lado cuidando de las vacas. Días después llega incluso su mamá, Rebeca, que estaba de visita en casa de una de sus hijas. Y hay que ayudarla con el equipaje, porque la señora trae veinticinco cabras. Somos un montón.

Cada día preparamos la comida entre todos. Un ejército de moscas que no se despegan hasta que las golpeas invade el lugar. Cortamos las zanahorias, preparamos la leña para el fuego y hervimos el arroz en una olla que se usa desde que se casó la madre, hará unos veinticinco o treinta años.

Se cocina con grasa de cabra, que se usa para freír las verduras y darle consistencia al arroz.

También se oyen gritos. Es la gallina que la familia está sacrificando “para los invitados”. Al rato, Saire entra con los brazos brillantes y rojos:

– ¡Cada día bebo un vaso de sangre! ¡Eso me hará fuerte como un guerrero! –dice, con sonrisa blanca y manos goteantes.

Comemos carne, arroz y verduras salteadas.

nuestra casa masai

Hogar, dulce hogar. Nuestra habitación es la de la izquierda.

A las siete y media, la oscuridad acecha y también los aullidos de las hienas, hambrientas. Con linternas a falta de electricidad, caminamos hacia nuestro cuarto de chapa mientras contemplamos un cielo con millones de estrellas, como nunca antes habíamos visto.

IV.

Seis de la mañana. Nos despiertan las vacas, las cabras y los cinco perros que empiezan a ladrarle a unos pasos desconocidos.

Abrimos la cabaña y desayunamos aire fresco. A lo lejos, pasan dos mujeres con los lóbulos perforados y las cabezas rapadas. De sus orejas cuelgan abalorios y pendientes coloridos. Cargan niños en sus espaldas, y van en busca de agua aunque los ríos están casi secos.

La temporada de lluvias amenaza con no llegar nunca. En casa, los bidones están medio vacíos. Hay que calcular cada taza de agua, dedicada sobre todo a cocinar.

Pero después de una ducha con cubo y jarrita mientras las vacas vienen a por un trago fresco, vamos a Ololemtie, un pueblo cercano. Es día de mercado. A las tres de la tarde llegamos allá y es como si nos sumergiéramos en el corazón del mundo Maasai: una espectacular mezcla de clanes, tradiciones y colores acompañan el paisaje verde y latiente. Hombres con lanzas para cazar leones, chicas cargando madera para construir la casa de sus maridos, niños embobados ante nuestra presencia (aquí somos “los musungus”, es decir, “los extranjeros”).

Ni un televisor, ni un anuncio, ni una marca. Nos miran y los miramos, y en esa interacción se produce algo tan bello y tan real como la vida misma.

vestidos tribales

Nadungu Enkop (“viajera”) y Ologol (“fuerte”). Así nos bautizaron en nuestra familia maasai.

  • Texto: Vanessa Escuer y Facundo García.

Marihuana y khat

leon etiope“Esta es la Última Cena”, dice el monje rastafari.

Ajá. El cuadro es una copia de la pintura que hizo Leonardo Da Vinci, salvo por el hecho de que los apóstoles tienen rastas y el melenudo del medio no se parece a Cristo sino a Haile Selassie, el emperador de Etiopía durante gran parte del siglo XX. No, no hemos fumado: estamos en un templo de la ciudad de Shashemene, una de las mecas del mundo reggae. Y nos estamos poniendo incómodos.

 

“Ahí los tienen. Jesús y sus seguidores durante la última cena –insiste James, el priest que será nuestro Virgilio en el recorrido por la imaginería local-. La Biblia nos enseña que quienes estaban con el mesías no se cortaban el pelo. Eso significa, por supuesto, que usaban rastas”.

ultima cena rasta

 

Escuchamos con una mezcla de atención y ganas de llorar. Al final, el “sacerdote” nos invita a poner dinero en una urna, pero antes amplía el sentido de nuestra existencia regalándonos otra revelación:

-¿Y ven a la virgen de este póster? Es María. Como pueden comprobar es morena. Porque la virgen María…¡era negra!—.

Trascendente.

casa rasta

En la habitación abundan los retratos de Bob Marley, hay fotos de abuelas que se dejan la barba y representaciones de la hoja de marihuana. También hay dibujos donde se multiplica una iconografía de leones y espadas, más digna del guerrero infantil He-Man que de una localidad donde hace una semana que no hay agua. No obstante, nadie parece tener ganas de organizar una protesta. ¿Acaso las rastas no se lavan?

Seguimos en el templo. Cuando James termina de hablar, nos esperan otros dos muchachos para conducirnos a la salida. Uno sostiene un porro del tamaño de un espárrago y hace el ademán de encenderlo. “No, gracias”, decimos. Lo enciende igual. Le pedimos dejar la fumata para la próxima y ellos acceden. De todos modos, piden una donación: “Es para las nuevas generaciones, ¿sabes?”.

II.

 

religion afro

Esta vez no publicamos fotos de personas en el blog ¿Qué pasó? Simple. A medida que nos sumergíamos en el océano de música, imágenes y gestualidades, empezamos a preguntarnos si no sería interesante hablar del reggae esquivando el anzuelo de las apariencias. Es fácil ser amigo de alguien que habla de vida espiritual y de Babylon. Ahora bien, cuando se intenta llevar la discusión a un plano más concreto; el pelo, la forma de saludar o el color de las pulseras son irrelevantes.

Volvamos a Shashemene. Esto que contamos pasa en el lugar que –según la leyenda- cedió Haile Selassie para que los rastafaris iniciaran su retorno a África (aunque todo indica que los brothers que viven en Nueva York, Barcelona o Londres han decidido retrasar la mudanza). Otros sostienen que Selassie dejó estas tierras para los patriotas que lo habían ayudado a combatir contra Mussolini. Como sea, las versiones confluyen en el presente: se trata de una ciudad pequeña en el Este de África, célebre por su rastafari village y por la presencia de extranjeros que usan gorritos y pantalones anchos para deambular –descalzos- en busca de la Tierra Prometida.

Existe, además, una verdad oculta. Como en otros rincones del Tercer Mundo, en Shashemene hay seres humanos que se van muriendo de a poco ante la mirada de todos. Mientras niños de cinco años revuelven la basura enfrente de templos e iglesias para poder comer, los cristianos siguen con su vida, los musulmanes lo mismo, y los rastafaris saludan repitiendo “One love, brother”; es decir, “un amor, hermano”. Pero nadie se alimenta de saludos.

III.

 

reggae

Hey, brother and sister, ¿do you like reggae music?

-No, la odiamos.

Respuesta lógica después de transitar estas latitudes. Uno escucha la palabra “reggae” y después viene un negocio, el pedido de una “donación” o cualquier otro asunto que tenga que ver con el dinero.

De todos modos, cuando estábamos en Addis Abeba, la capital, veíamos cada día a un chico que recorría la avenida Adwa tratando de vender CDs. Aunque lloviera o el sol quemara el asfalto, el muchacho avanzaba con su sombrero de esterilla y su bolsito. Un día de chaparrones le pedimos que nos recomendara “el mejor disco de reggae”. “Es éste”, contestó, y nos presentó el último álbum de un tal Jah Lude. No lo conocíamos. Guardamos el CD y poco después nos pusimos en marcha para volver a la ruta.

Encontramos a un hombre que se ofreció a llevarnos en su camioneta –billete de por medio, claro-. Parecía serio, y su mujer igual. Hasta que empezaron a mascar khat.

El khat –se pronuncia “chat”- es una hierba que se mastica y que produce una mezcla de excitación y contorsión mental leve. En ocasiones es un pasaje directo a la estupidez. Por eso la camioneta se transformó en un infierno.

La mujer subía el volumen de la radio al máximo y el hombre -ya con los ojos rojos por la droga- empezó a zigzaguear adelantando camiones a toda velocidad. Discutían a grito pelado. Así, rezándole a los dioses para no estrellarnos, llegamos a Shashemene sanos, salvos y con la esperanza de aprender algo.

V.

twelve tribes

Nuestra entrada a Shashemene estuvo marcada por un viejo que quiso tocarnos las tetas. Venía caminando y estiró la mano. Plaf, mano en teta. Cuando empezamos a perseguirlo salió corriendo con su bastón en alto. Tras gritarle de todo, buscamos un hotel. Nos alojamos frente al rasta village y salimos en busca de las “comunidades” que le marcan el pulso a la población.

De camino, una pandilla de fumados nos acorraló para pedirnos dinero. Alguno hasta nos hizo una zancadilla. Hubo forcejeos. Todo por ser blancos. La gente de aquí está obsesionada por el color de la piel. Blanco es sinónimo de dinero, pornografía, imperialismo, tecnología e inversión.

Seguidos por el ejército de drogones que nos jalaban la ropa, nos arrastramos hasta la puerta de “Las Doce Tribus de Israel”. Los hombres que cuidaban la entrada del predio expulsaron a los perseguidores y nos dieron la bienvenida.

doce tribus entrada

-Lo único, la chica va a tener que ponerse esta falda—pidieron. Parece que el movimiento rasta ve con malos ojos que las mujeres entren al templo con pantalones. “Por cuestiones religiosas tambíén conviene que ella se tape la cabeza”, informaron.

Los asistentes -vestidos con ropa verde, amarilla, roja y plateada- discutían asuntos organizativos. Cuando terminaron de hacer el recuento de las donaciones semanales nos invitaron a sentarnos y a escuchar sus cantos, que hablan de “la libertad de Etiopía” y del “retorno a Israel”. Eso sí, nada de fotos, no vayan a mostrar una imagen errónea de sus pretensiones.

Cantaban todos, pero había una voz que destacaba del resto. Era la voz de Jah Lude, el artista del disco que habíamos comprado en Addis. Increíble azar.

VI.

Ya en pleno atardecer, varios niños correteaban por el césped vestidos con trajes galácticos. Los adultos, por su parte, terminaron la ceremonia y se reunieron a conversar fumando porros. Se nos acercó Jerry, un neoyorkino que dejó la vida urbana para integrarse al proyecto:

-En realidad, la marihuana o las rastas son un tema secundario. Para nuestra comunidad lo importante es leer la biblia. Un capítulo por día.

Jerry nos explicó que los miembros de su grupo se organizan en tribus de acuerdo al mes en que han nacido. A cada mes corresponde una tribu. Doce meses, doce tribus.

Nos contaba esto vestido con una camiseta con la estampa de “un dólar etíope” de color plateado y remató:

-Todos iremos a Israel. Pero ahora no es un buen momento.

Claro. No vaya a ser que se encuentren con un pueblo sometido al ejército de sus “hermanos” o con un rechazo inesperado. Mejor otra calada hasta alcanzar el nirvana.

marihuana

 

Cuando le comentamos acerca del cantante que tenían en el “coro”, a Jerry se le iluminó la cara. “Vengan, que se los presento”. Jah Lude, aparte de ser una estrella de la escena etíope, resultó ser un tipo agradable y talentoso.

¿Pero alcanza con eso? ¿Se puede construir una filosofía de vida a partir de ciertos ritmos, una planta que se fuma y una serie de profecías ambiguas? ¿Qué sentido tiene reivindicar como “profeta” a un suprematista racial como Marcus Garvey? ¿Por qué sostener que un defensor de la monarquía como Haile Selassie es la reencarnación de Cristo, o poco menos?

Preguntas y más preguntas… que quedan difuminadas entre humo y notas.

 

 

*Texto: Vanessa Escuer y Facundo García.

 

 

Risas nocturnas

hyena man hararAnochece. Se escuchan grillos y risas no humanas en la lejanía. Se acercan las hienas.

Las hienas de Harar salen de su guarida cuando pueden camuflarse entre la oscuridad, aprovechando su pelaje de manchas negras. Es el momento en que las calles se vuelven silenciosas, y los habitantes buscan protección porque se acerca la hora del sueño. Hasta bien entrado el siglo XIX, el terror a ser devorado por estos animales dominaba entre los habitantes de la ciudad fortificada del este de Etiopía.

Algo ha cambiado desde entonces. Yusuf, más conocido como “Hyena Man”, lanza un silbido llamando a los depredadores. Las hienas responden. Él las identifica una por una, e incluso les ha puesto nombres que ellas reconocen.

hienas harar

Yusuf prepara cada día una cesta llena de trozos de carne y ellas van llegando para degustar el manjar. Van en grupo, a veces son hasta cincuenta. Se mueven, asustadizas, mirándonos directamente a los ojos. Nos tantean, del mismo modo que nosotros a ellas.

La interacción es fascinante, hechicera. Yusuf les da de comer mientras dialoga con las bestias como quien charla con sus hijas. Les da un bocado y ellas apoyan las patas encima de sus hombros. O las abraza, sosteniendo un pedazo de hígado en un palo de madera que tiene en la boca. Toda una demostración de afecto y de respeto.

Yusuf tiene sesenta y siete años. Lleva veintisiete alimentando a estos carnívoros. Los hararis,  por su parte, descansan más tranquilos. Quedan atrás los horarios nocturnos que obligaban a la ciudad a cerrar sus puertas para evitar que las hienas se apropiaran de cada esquina. Sigue habiendo miedo, pero la cercanía de Yusuf con ellas ha roto el estigma y ha dado pie a un nuevo modo de convivencia.

Cuando llega el día, Yusuf acude a su pequeño huerto y cultiva y come chat hasta que el sol se esconde y la manada aguarda otra vez su llamada.

yusuf chat

II.

Domingo a la mañana. Salimos de paseo al mercado. Algo pasa en la ciudad.

Policía y calles cortadas. Seguimos caminando.

Nadie nos dice nada hasta que preguntamos a un guardia con un kalashnikov bajo el brazo.

-No problem- responde.

Sospechamos, sobre todo por sus ojos enrojecidos después de mascar unas cuantas hojas de chat. Se acerca otro. Preguntamos de nuevo.

-Security problem – contradice.

Nos animan a seguir adelante a pesar de todo. Pero al ver las calles vacías, la gente armada y las cintas policiales, retrocedemos.

Descubrimos más tarde que ha habido un incendio en el mercado. O mejor dicho, han provocado un incendio. No es el primero. Ni el segundo. El fuego viene acechando Harar desde hace varios meses. Como en muchos lugares de África del Este, los intereses inmobiliarios son demasiado grandes.

Muchos comerciantes juran que “están quemando los mercados para que tengamos que irnos y ellos puedan construir más hoteles cerca del centro”.  Nadie sabe explicar del todo quiénes son “ellos”. Lo único seguro  para los vendedores es que años y años llevando puestos de fruta, de carne, de telas o de alfombras pueden quedar soterrados bajo nuevos complejos turísticos de cinco estrellas.

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Compartimos la rabia de los mercaderes mientras el Gobierno desfila por las calles alzando banderas que festejan el “desarrollo” de la región y la “lucha contra el terrorismo”.

Entretanto, en algunos hoteles se adivinan pieles extranjeras, reposando cómodamente pies y cabeza en tumbonas y en grupo. Ajenos a lo que pasa a su alrededor.

III.

-Hello, monkey! (Hola, mono!)- escuchamos a nuestras espaldas.

Nos damos vuelta y vemos a un hombre joven con barba y un taqiyya (gorro islámico). Nos mira, como si de animales se tratara. Hasta que lo verbaliza.

-No somos monos –respondemos.

-Sí, lo sois. Los occidentales sois todos animales –insiste.

Atacados de los nervios pero manteniendo la calma, intentamos dialogar. Acción fallida.

-Los occidentales son homosexuales en un cincuenta por ciento, y las madres se acuestan con sus propios hijos–insiste el tipo, ahora acompañado de sus amigos.

La gota que colma el vaso. Furia. Íbamos paseando tranquilamente por Harar, la cuarta ciudad santa del Islam, con más de noventa mezquitas que se reparten por sus calles, disfrutando y aprendiendo de una cultura rica y humana. Sin embargo el momento destroza el paisaje como una interferencia inesperada. Pero también nos abre los ojos.

Harar Jugol

Nunca sentimos que el color de la piel fuera tan increíblemente importante para alguien. El hombre no juzgó nuestro comportamiento, sino nuestro color. Nada más.

-¿Has estado en Europa o en Sudamérica? –preguntamos.

-No –responde.

-¿Entonces cómo se puede afirmar con tanta seguridad lo que dices? –reprochamos.

-Porque lo he visto en la televisión, en Aljazeera y la BBC–.

Por lo visto, para algunos existen otros dioses además de Alá. Aljazeera y la BBC también revelan una verdad absoluta.

* Texto: Vanessa Escuer y Facundo García.

 

 

Vida afro

monos afroEl bus serpentea entre montañas recubiertas por un bosque alto y tenebroso. No ha salido el sol, por eso todo es oscuridad entre los asientos: fosforecen solamente las caras de los cuatro farangis (“extranjeros”) que subieron en Lalibela.

En África la gente tiene terror a viajar de noche. Hay accidentes, puede haber bandidos. De ahí que los buses partan antes de que empiece el día, para asegurarse de que van a llegar a destino lo antes posible.

Por ahora, en este trayecto todo va bien. Siniestramente bien. Por primera vez el servicio salió a horario y no vamos apretujados hasta lo imposible. Así que no nos sorprendemos cuando el chofer frena en seco a mitad de una subida. Algo tenía que pasar. Hay gritos.

Miramos hacia adelante. Sobre el camino, una persona tirada boca arriba. Tiembla como si sufriera un ataque de epilepsia.

Bajamos y nos abrimos paso entre los curiosos.

-Parece que atropellaron a alguien—comenta el yanqui que venía en el asiento de al lado.

La que se retuerce en el suelo, unos pasos más allá -haciendo sonar la grava con la fricción de su piel- es una mujer. Tiene la mirada perdida en el cielo sin luz. Le salen babas por la comisura de la boca.

El chofer ha ido a buscar una botella de agua y se la echa en la cara. Pero es peor.

II.

Loca en el caminoEl círculo de gente se abre cuando la mujer se levanta como un muñeco de resortes y sale corriendo hacia un camión que baja, a toda velocidad, desde lo alto del monte.

Se tira debajo de las ruedas. Se oye un ruido. Varios, en realidad. Confusión.

La mujer está viva -aparentemente ilesa- pero se aferra a algún hierro debajo del camión, que se ha estacionado a un lado tras el frenazo. Algunos pasajeros intentan agarrarle los pies a la suicida. Ella resiste

Sigue chillando. Protesta por algo. De pronto nos ve.  Un par de extranjeros observándola en medio de la ruta. La loca –porque entonces nos damos cuenta de que está loca- sale de abajo del camión y empieza a dar unos alaridos desgarradores donde destaca la palabra farangi.

Habla en amárico. No entendemos casi nada.

Empieza a caminar. Se va acercando con toda la furia. El chofer y su ayudante agarran a la mujer uno de cada brazo y la llevan hacia atrás mientras ella patalea en el aire.

Los dos hombres y la loca desaparecen entre el follaje.

Vuelven solamente los dos hombres. Vienen corriendo.

–¡Inside, Inside!- nos apuran. Que subamos. Rápido.

Mientras, más chiflada que nunca, la mujer vuelve con los brazos hechos un ovillo eléctrico arriba de la cabeza.

El bus tiene que remontar la subida. Avanza lento. La loca está a unos veinte metros. Ahora a diez. Corre.

Cuando está a unos cinco metros de distancia, el conductor acelera y mete segunda.

Por el cristal de atrás se ve cómo aquel nudo de rabia se hace más pequeño. Nadie nos quiere explicar qué es lo que ha pasado. Detrás de las montañas se adivina el sol.

III.

Así llegamos a Addis Abeba, la capital de Etiopía. No es una ciudad de edificios ni muchas calles asfaltadas. Pululan, en cambio, los niños que duermen en la calle y los “rastafaris” que se dedican a cazar extranjeros para tratar de venderles porros. También hay occidentales que se visten de manera ridícula, convencidos de que eso tiene algún impreciso sentido espiritual.

A lo mejor fue por ese panorama, o porque nuestros cuerpos no están acostumbrados a la población de gérmenes a la que están expuestos.  El caso es que agarramos una gripe memorable. Ocho días en cama, con la cabeza a punto de explotar y estornudos cada treinta segundos.

Más de una semana con antibióticos y en reposo absoluto, y aún así no se iban ni la fiebre ni el cansancio. Por eso no pudimos actualizar mucho el blog. Encima, cada vez que salíamos a comprar algo para comer nos rodeaban nuestros “amigos”, los rastafaris.

Un día en que nos sentíamos un poco mejor fuimos al “Museo de los mártires del Terror Rojo”, un centro donde se exponen las atrocidades que hizo el “comunismo à la etíope” que implantó aquí a mediados de los sesenta. No fue fácil encontrarlo, nadie sabe que existe y nos miraban con cara rara cuando martires museopreguntábamos. Como no consultes dónde queda el shopping , el supermercado o el surtidor de porros más cercano, en Addis te mirarán como si fueras un bicho raro.

Pero que nadie piense que los vecinos de esta capital son completamente ignorantes: la mayoría de tipos sabe recitar de memoria la delantera con la que jugará el Barça el próximo domingo.

IV.

Huimos despavoridos de Addis Abeba, con rumbo este.

Pasamos un par de días en Awash, localidad en la que la mitad de la población camina como ausente, drogada no con marihuana sino con chat, la planta semialucinógena que aquí se consume de modo masivo.

Tras un pequeño descanso seguimos camino: a las seis de la mañana salía la furgo que iba hacia Harar, unos doscientos kilómetros más al este. Arrancamos, mientras los awasheños nos convidaban con las samosas que habían traído para el desayuno. Poco después una horda de veinte monos empezó a seguir al coche para que los viajeros tiraran pan por la ventanilla.

(Pequeña comprobación al margen: aquí los monos se parecen a los occidentales. Tienen piel blanca, pelo claro y el culo rosadito).

V.

rimbaud hararAhora estamos en Harar, donde vino a refugiarse Rimbaud después de hartarse del esnobismo parisino y escribir:

“Viajaremos, cazaremos en los desiertos, dormiremos sobre el empedrado de ciudades desconocidas…”

Tenía razón. La parte antigua de esta ciudad es el sueño de cualquier bohemio. Miles de callejones empedrados por donde se asoman personajes de cuento; plazas donde los que llegan de pueblos cercanos estacionan a sus burros, en tanto que las águilas esperan sobre los techos para que salgan los carniceros para comer de su mano.Harar

Hoy queríamos explorar mejor el sitio, pero no hemos podido porque está lleno de soldados que bloquean la entrada. Etiopía está mandando soldados para combatir en Somalia, y parece que eso no le ha caído bien a algunos líderes del país vecino. Por lo tanto, se teme que haya represalias y los “occidentales” somos un blanco tan preferido como fácil de detectar.

Hoy casi nadie anda por la calle. El servicio telefónico no funciona. Tampoco internet.  En la puerta del hotel donde dormimos hay tres soldados con cara de vinagre.

Nosotros también estamos preocupados, pero por asuntos más domésticos: como no podíamos salir, aprovechamos para lavar la ropa. Colgamos las prendas húmedas en una cuerda que atamos entre la puerta y la mesa del televisor. Por supuesto, al abrir la puerta ¡se nos cayó el televisor al suelo!

(…Igual tranquilos. Si están leyendo esto es porque todo lo anterior ya pasó, pudimos huir del hotel y encontramos un lugar donde conectarnos. Pronto, más aventuras desde Harar).

* Texto: Vanessa Escuer y Facundo García.

El fin del mundo

afar y chat

Dicen que en Afar (Etiopía) está el origen de la humanidad. Llegar a este desierto  no es tarea fácil.  Afar o la depresión del Danakil se ubica en uno de los triángulos más conflictivos del mundo, encerrado entre las fronteras de Somalia, Djibouti y Eritrea. La presencia de grupos armados separatistas se despliega en la vasta planicie, entre camellos deambulando por la arena y una tribu de nómadas con melena de tirabuzones, dientes afilados y kalashnikovs.

afarLlegamos a Asaita, antigua capital de la región, después de dos agotadores días en autobús. Kilómetros entre gallinas y hombres mascando chat, una hierba algo alucinógena que pasean entre sus dientes como si no hubiera un mañana.

Toda una odisea.

Entrar a Asaita es como adentrarse a un lugar dónde todo ocurre por primera vez. Es cerca de estas tierras dónde fue hallado el prehomínido más antiguo, perteneciente a la especie Australopithecus Afarensis -más conocido como “Lucy”- que tiene más de tres millones de años.

Tuvimos suerte y coincidimos con una época un poco más fresca que lo habitual. Afar es el rincón más cálido del planeta, con temperaturas que superan los 50 grados. Es además una de las áreas tectónicas más activas de la Tierra.

Nos encontramos con Paco, un madrileño que vive ahí desde hace ya siete años y desempeña una intensa labor humanitaria a través de su ONG, Amigos de Silva (AdS).

No lo tiene fácil. El pueblo Afar, con más de un millón y medio de personas, padece un alto índice de fallecimientos por deshidratación y desnutrición; además de verse afectado por graves  enfermedades como la malaria y el SIDA.

Estuvimos una semana trabajando en el hospital que AdS ha logrado reconstruir en la región.

Assayta Hospital. Afar.Hace unos años, los afar pensaban que al hospital se iba a morir, no a curarse. Muchos desconocían lo que era un doctor, o elementos básicos que forman parte de la salud y la alimentación.

Hoy los afar han superado el terror de acudir a un médico, pero todavía falta. Nos contaba una enfermera que una paciente de esa semana no supo lo que era un huevo duro cuando se lo ofrecieron como alimento. La chica tenía un embarazo de ocho meses. Pesaba cuarenta kilos. Y sabiendo o no lo que era un huevo duro, en su plato no dejó absolutamente nada.

II.

Seis de la mañana. Subimos a la furgoneta de Paco, que nos acerca hasta Mille. Por ahí pasa la carretera que conduce a nuestro próximo destino.

No nos salvamos de los curiosos que se acercan a preguntar y a intentar hacernos caer en alguno de sus enredos para ganarse alguna comisión.

Mochilas en los hombros. Dedo en alto. Se detiene un camión y subimos a cabina. Saludamos a Dires, un repartidor de Coca-Cola. Cuesta encontrar papel higiénico, jabón o agua, pero “siempre Coca-Cola”.  Ironías de la vida.

Autostop  en Afar

En el camión de Dires, que nos llevó por las rutas montañosas

Dires es camionero, tiene treinta y un años y lleva diecisiete viajando por las rutas montañosas de toda Etiopía. No le falta alegría y es un ejemplo de honestidad. No sólo no quiso cobrarnos ni un solo birr (moneda local); sino que nos invitó a un café y nos ayudó a localizar nuevo transporte en el cruce donde nos despedimos.  Hasta siempre, amigo.

Vuelta al bus. Vuelta a las gallinas, los vómitos, la falta de aire. Los etíopes tienen fobia a las ventanillas abiertas. Al mínimo centímetro de entrada de oxígeno, sacan uñas y dientes y cierran con seguro para que no se nos ocurra exponerles a un frío de treinta y cinco grados.

III.

Lalibela. Bet Giyorgis

Lalibela: ciudad imperada por legendarias iglesias ortodoxas. Patrimonio de la Humanidad. Belleza sublime. Once santuarios de roca engullidos tierra abajo, en un fondo lleno de pasadizos que –según cuenta la leyenda- comunican con la ciudad de Jerusalén.

Lalibela. Bet Giyorgis 2

Algo ha cambiado en el paisaje. Tal vez sea por la cantidad de turistas que pasean por las calles, los farangis, como prefieren llamarnos los etíopes.

– Farangi! Farangi! You, you, you! –gritan los niños al ver nuestros rostros claros- Where you go? What are you?

Y el griterío siempre acaba en un “Money!”.

Dinero.

Si no hay birr, fin de la conversación.

Les robaron la infancia, y lo peor de todo es que ellos no lo saben.

¿Dónde queda la curiosidad de los niños? ¿Y la inocencia, la imaginación? Habría que preguntarles a sus padres, que contemplan sin alterarse sus manos extendidas hacia los forasteros.

O tal vez mejor preguntarle a la Iglesia y al invisible rastro del dinero que cobran por visitar su histórico patrimonio religioso. Cincuenta dólares por cabeza, y dentro, curas reclamando donaciones sentados, con la cruz alzada, mientras niños y niñas piden descalzos en las calles.

O mejor aún, preguntarles a los turistas que sacan la billetera sin preocuparse por qué esos niños no están en el colegio. Suben a sus jeeps contratados para esquivar los difíciles caminos que conducen a las iglesias, dónde entran en grupo.Lalibela turismo

Se descalzan dejando sus zapatos ordenados por talla, calidad y diseño delante de la entrada de la iglesia para que, al salir y limpios de pecado, un pobre trabajador les vaya atando los cordones mientras dicen: “Oh! Thank you!”.

Nadie se pregunta nada.

¿Quién es ese hombre que les ata los zapatos?. ¿Qué sueña?. ¿Cuántos hijos tiene?. ¿Qué hace cuando se levanta?. ¿Qué le hace reír?.¿Qué le hace llorar?.

Si nadie se pregunta qué es de la vida de ese hombre, no es extraño que al final ningún niño ni adulto, se pregunte qué es de la nuestra.

Amén.

Texto: Vanessa Escuer y Facundo García.

 

De remate, compartimos uno de nuestros paseos en tuk-tuk, la moto con tres ruedas que se usa como taxi en toda África. 

 

¿Para qué sirve una espada?

kassala

Si no fuera porque la gente anda por la calle con espadas, la mezquita de la hermandad Khatmiya sería el rasgo más alucinante de Kassala. La ciudad te recibe con el doble regalo de un paisaje con montañas imponentes y hombres en cuclillas, cagando a cielo abierto en plena estación de buses.

Imposible que el forastero entre a la ciudad sin llamar la atención. Sin embargo, después de la primera sorpresa, la vida en este rincón del planeta sigue más o menos como lo ha hecho desde hace siglos.

kassala_

Por las calles de tierra se embotellan carros tirados por burros o caballos, y los vendedores de sandía compiten con los de mango para ver quién se queda con qué.

Bizarrías de la modernidad: en los cafés, hombres con turbante hablan por el móvil con sus esposas o con alguno de sus seis o siete hijos. El sonido resultante es un bullicio sin motores, mezcla de bufidos de animales con ringtones y conversaciones incesantes, impulsadas por vientos de quien sabe qué emoción.

Hasta ahí lo que se ve y lo que se escucha. Hay más, porque estamos en zona de sufíes, y superpuesta con todo aquel bochinche vibra otra ciudad. Una ciudad invisible, espiritual.

khatmiyaNo lejos del centro, en la ladera de las montañas Takka –cerca de la frontera de Sudán con Eritrea- nos pusimos a charlar con los Khatmiya, guardianes de aquel lugar jalonado de leyendas. Camino a la mezquita ya habíamos escuchado sus cantos confundiéndose con el balar de las cabras. Era temprano, y las voces se hacían más claras a medida que remontábamos las calles que conducían al templo.

Ahí estaba la puerta. Un par de datos antes de quitarse los zapatos y entrar: el sufismo es la rama mística del islam. En Sudán, es una de las corrientes religiosas predominantes, y los viernes no es raro tropezar con derviches levantando nubes de polvo mientras giran en éxtasis en busca de la iluminación.

Estos sufíes eran más relajados. Nos invitaron a pasar y a tomar café. Al principio desconfiamos: algunos religiosos parecían simplemente eso, religiosos; pero otros tenían otras pintas.

-Nos encantaría. Pero no tenemos dinero…

Sacudieron las manos en el vacío, como quien limpia de estupideces el aire:

-Bah, no hablemos de eso. Se trata de otra cosa. Se trata de que quizás todos seamos sufíes alguna vez.

II.

cafe sufiAceptamos y nos acomodamos en la arena, que estaba fresca gracias a la sombra que daban las murallas.

Afuera avanzaba el sol.

Uno de ellos nos reveló que el camino de la iluminación era sencillo: “hay que ayudar a los demás y hacer ayuno”. Otro nos contó que cuando uno aprende a ver de verdad, el pasado, el futuro e incluso las distancias dejan de existir, porque uno “mira con los ojos de Alá”.

-¡Incluso podrías saber qué ocurre en este mismo momento en Barcelona, o en Buenos Aires!- precisó el sufí.

-¡Qué ahorro de teléfono!- respondimos.

Rieron. Diez o doce barbudos a las carcajadas. A esa altura formábamos un círculo de gente, todos entretenidos, y todos de diversas tribus (algunas mucho más llamativas que la tribu catalana o la argentina). Todos descalzos, sin joyas ni objetos que nos alejaran del momento.

III.

El que hizo de traductor era Ahmed, un empleado de comercio que cada tanto se toma unos meses para meterse en la mezquita a pensar en asuntos importantes. Es curioso, aquí hay personas que interrumpen sus tareas para recluirse treinta o sesenta días sin nada más que ellos mismos, solos en un templo. “Necesitamos retomar el contacto con Dios. Hablando de ahorrar en teléfono; venir aquí, para nosotros, es como recargar las baterías del móvil. Después nos comunicamos mejor”.

Ya en confianza, consultamos acerca de la –para nosotros- inquietante costumbre local que consiste en andar por la calle con espadas.

catalana y mendocinoNuestra paranoia les causó gracia.

“Ah, las espadas –contestó Ahmed-. Aquí muchos somos pastores. A veces los animales se hieren, o enferman. Entonces sufren. Llevamos la espada para poder cortarles el cuello. ¡Zack!, y ya está. Les evitamos el sufrimiento”.

A fuerza de café –picante y con toneladas de azúcar, como se estila aquí- el amanecer fue deshojándose para dar paso al calor que arde en cada tarde sudaní.

Cuando nos despedimos ya era mediodía. Nosotros tomamos el bus, ellos se quedaron echados a la sombra de las columnas de piedra. Cada cual volvió a su vida, pero entre todos nos repartimos los pedacitos de aquella mañana de turbantes y de risas.

           

      

 

Texto: Vanessa Escuer y Facundo García.